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LA ZARABANDA DE CARLOS Y SARA. ENTRE BAMBALINAS


Pasar de la tristeza y la apatía a las risas y a la hilaridad, después al llanto o a la sorpresa, no era moco de pavo. Amalgama de emociones, ensalada surtida y cóctel de gambas y champán en el picoteo de las tardes-noches del Teatro. Ensayos, representaciones, giras, la Barraca del Amor y de la Muerte, el Gran Tenorio resurgido, los celos de Otelo, el escenario minimalista de Becket para representar “Esperando a Godot”. ¡Dios mío¡ ¿Tirarán de la cuerda? Miradas de soslayo al público, siempre dudando de su buen hacer y ese gran narcisismo de diva que hacía subirse al director por las paredes. Eligió el mundo de la farándula por alguna razón oscura, podría tratarse del perfecto dilema, ese que permanecía enquistado en el fondo de un mar de aguas turbias donde afloran íntimos traumas de niñez: "¿Seré buena o mala actriz? ¿Naces o te haces? Buenas preguntas, ¿Quién sabe? ¡ Y qué dura y cruel la vida del artista, por otra parte! Sin ni siquiera derecho a paro y jubilación, viviendo en hoteles, otras veces en siniestras fondas de mala muerte..."¡Pero tirad de la cuerda, amigos! El monólogo de Godot es impresionante...¡Perdóname subconsciente! ¿Qué frase venía después? Ya lo recuerdo...¡Tranquilidad, vas bien!, todo el mundo parece entregado...aunque...quizá...no doy para el papel, una mujer haciendo de hombre..." 

Porque ella era una fuente inagotable de caracterizaciones, Sara viviendo otras vidas, dulce privilegio, un medio donde tiene la posibilidad de vivir el viaje sin interrupciones...

Esa tarde debía volver a ensayar para el estreno de la nueva obra. Se preguntaba enloquecida, ¿cómo mirar a los ojos a su compañero co-protagonista? Aunque ella tenía ojos increíbles para expresar emociones, Carlos y ella habían roto su relación y se le hacía tormentoso...No podía quedarse con sus rictus de tristeza porque esto iba de cómicos...Debía preparar sus líneas del texto hasta el cansancio, debía memorizarlas hasta el punto en el que su entrega fuera habitual, como si las estuviera leyendo...¿cien veces? Para practicar la improvisación de energía con su ex compañero, bueno, compañero mejor dicho, muchas veces seguía como ejercicio el método de ejercitar la improvisación creando escenas que hicieran aflorar un conflicto...Se lo temía, le iba a costar. Los nervios a flor de piel, demasiado alcohol las últimas noches, falta de sueño, ¿cómo improvisar en caso de fallo de memoria sin perder la naturalidad? Y esas enormes ojeras, sí, y las patas de gallo, ¡Dios!, con solo 45 ilustrísimos años y 20 de escenario…Evidentemente, ya no era una jovencita. Se trataba de enamorar como a los 25, pero con la experiencia de la madurez, contaba con la ventaja de la veteranía, con el hándicap del miedo escénico, que la envolvía a toda ella mientras embelesaba a sus admiradores…”-Algún día me saldrá el tiro por la culata, tanto engaño no es posible ocultarlo por mucho tiempo, sufrimiento entre bambalinas, la sobreactuación de ayer, la borrachera del lunes, la resaca posterior, las jaquecas, un ligero tartamudeo incipiente al principio de la escena, derivados recurrentes del estrés…¡mierda! ¡demasiada presión!-”. 

Sara estaba apoltronada en el sofá del camerino terminándose su vino dulce, mientras se enfrascaba en la lectura y pensaba en el gran maestro Stanislavsky cuando hablaba de los famosos “cliché” y de cómo eliminar todo ese compendio ridículo de coreografías para expresar sentimientos: si sentías tristeza, prohibido llevarte la mano hacia el corazón para expresar sufrimiento o colocar la mano en la frente, si tenías enojo, no debías levantar una ceja o extender la mano, porque eso suponía hacer los mismos gestos para expresar los mismos sentimientos. Era un poco como una estafa, o engaño. Cuando la dedicación es devoción hacia el teatro clásico, cuando la cuestión del método se convierte en tu peor enemigo. Y ella tenía enormes problemas para sobrellevar la carga emocional de los imperativos del alma. El problema del alcohol y ciertas drogas como el hachís o los medicamentos hipnóticos para dormir, no la ayudaban a realizar sus ejercicios debidamente. “-¿Será la falta de sexo de dos semanas?” -se preguntaba aturdida por el vino- Quería desarrollar la técnica de la “autoescucha” y observar atentamente a su alrededor, pero estaba claro que sus cinco sentidos no se lo permitían. Media hora para el ensayo y estaba medio mareada por su medio borrachera. -¡Fantástico!”- se dijo con exacerbada ironía.

Tenía enfrente a Carlos, inmóvil, tan solo a unos pocos centímetros.

“¡Dios! Cómo mirarle directamente a los ojos, sin sentirme azorada, perturbada, afectada”- se decía a sí misma con insalvable inquietud. 

Se repetían los ejercicios una y otra vez y Sara se sentía convulsa, con náuseas, a punto de vomitarle en la cara.

-“No parpadees en caso de que quieras comunicar autoridad o poder –Insistía reiteradamente el director escénico-. - Bien Sara, pero puedes comunicar ocularmente con mayor aplicación. Ahora parpadea porque tu personaje tiene un estatus más bajo que el personaje de Carlos…Sara, haz el parpadeo natural, no forzado. Puedes mejorarlo, estoy convencido. ¡Excelente, Carlos! Descansad 10 minutos”.

Sara recordaba la última frase de su libro: “la situación del actor, la de sentirse observado, expuesto, es una de las más estresantes”. Continuó leyendo: “Relajación y concentración, dos aspectos importantísimos para que el actor pueda crear realidades en escena. Observen que cuando uds. están relajados pueden concentrarse en lo que quieren y cuando se concentran en algo inmediatamente se relajan. Uno no es sin el otro”.

Debe amar a un actor con el cual no siempre tiene buena relación y hasta con el cual puede tener problemas de cartel o de relación y sin embargo tiene que amarle de una manera tan verdadera como le sucede en la vida con su amado. 

Solo que en la vida los estímulos son reales. Ese hombre que tiene frente suyo es el hombre que ama, su amor hacia él es verdadero”.

¡Sara, Carlos! Vamos a continuar. ¡Adelante! Nos ponemos en situación…

Bien. Ahora estamos en la escena en la que…

-Disculpa, no me encuentro nada bien -advirtió Sara- no creo que pueda seguir esta tarde, yo…

-Sara, aquí seguimos una línea de trabajo, en una semana estrenamos, disciplina, trabajo, esfuerzo, es lo único que nos importa. Lo importante es el tránsito por la experiencia de un ensayo a conciencia. Todos aquí os habéis formado. Es importante la práctica. Ya lo decía Strasberg: “Yo no sé si puedo enseñar a actuar bien a los actores, lo único que sé es que puedo ayudarles a utilizarse mejor””. -Así que tu actitud me parece decadente. ¿Y bien?-

Sara bajó la cabeza como un animal acorralado, agazapándose entre dos depredadores, la obligación laboral y el absentismo y no tuvo más opción que continuar. Y lo hizo con toda la deformación profesional de la que pudo hacer gala, haciendo caso omiso de las indicaciones, pautas y orientaciones, observando en todo momento y con la máxima avidez un punto central que estaba estratégicamente situado entre las dos cejas de su compañero, con el convencimiento de que en ese punto neutral, todo pensamiento quedaba libre de autojuicio.

Y transcurrió el tiempo, un año, para ser más exactos. Afuera estaba lloviendo como si fuera el diluvio. La conferencia finalizó con la lectura del Parlamento de Hamlet, en la escena II, donde daba consejos a los actores. Una vez terminado el acto, salió de la sala con la suficiente entereza como para representar mañana por primera vez esta obra de Shakespeare, su nuevo proyecto, fortalecida por una raya de cocaína en el cuerpo. La sutileza y esa medida proporcionalmente comedida y equilibrada de sensatez, en una época anterior que apenas recordaba, había quedado diluída por las drogas y los excesos, era un sistema de vida independiente demasiado anárquico, que la estaba llevando por el camino de la autodestrucción.

¿Sería por eso que en esta ocasión su caché había quedado relegado a un mísero papel no protagonista? Las similitudes entre Ofelia y ella misma, no eran descartables, siempre creyó que el actor acababa sucumbiendo a la figura imaginaria que representaba, absorviendo los rasgos particulares del personaje a quien daba vida y entregándole la suya propia. Así dejaba de ser una persona, para convertirse en el propio personaje. A tenor de la verdad, esto no era así, lógicamente, pero la imaginación le jugaba malas pasadas, la catarsis en las representaciones la había llevado a sentir aquello que más rechazaba, quizá por esa controversia interior de lucha entre quién era y quién creía ser. Las contradicciones que sentía muy cercanas a la inseguridad, le hacían pensar que nada de lo vivido era real, sino puro teatro. Ahora mismo su vida era Hamlet, su amado un hombre que solo la quería para tener sexo ocasional y del cual se sentía despechada, su trabajo una quimera, las experiencias una ilusión y que ella era tan inestable y alocada como su personaje, sobre todo, cuando estaba colocada, quizá de tanto llevarlo puesto. Era como una segunda piel, de la que no podía desprenderse.

Llegó el día del estreno. Los actores se estaban preparando, vistiendo, maquillando, se adecuaba ordenadamente el mobiliario, se comprobaban los efectos de sonido, la iluminación, los elementos de utilería, todo estaba quedando meticulosamente calculado. La actividad por dentro era frenética. Pasadas las 19:30 el escenario estaba a punto y el aforo del teatro casi lleno. A las 20:00 en punto iba a empezar la función.

Para Sara se había elegido en el principio de la representación una camisa de mangas largas, un corsé que le daba forma a su cuerpo, resaltando su feminidad sin caer en apariencias demasiado sumisas. La falda estaba presente como símbolo de opresión, aun así no le impedía definir su personalidad fuerte. Por último unas botas para definirse aun más y los colores de su vestimenta sobrios, variando entre los negros, blancos y neutros.

En la primera aparición de Ofelia, ella está con su hermano, Laertes, quien partirá a Francia. Laertes le insta a evitar a Hamlet, el Príncipe, porque al ser el heredero de la Corona de Dinamarca, no puede casarse libremente con quien quiera. El actor que daba vida a Laertes empezó a hablar diciendo:

"Ya tengo todo mi equipaje a bordo. Adiós hermana, y cuando los vientos sean favorables y seguro el paso del mar, no te descuides en darme nuevas de ti”.

El personaje de Ofelia tenía que responder con una pregunta: “¿Puedes dudarlo?”. Pero en lugar de eso, un incómodo silencio, que empezó a durar más segundos de lo normal, inundó la sala. Se había quedado inmovilizada, con la mirada petrificada, clavada en el vacío. El actor que la acompañaba en la escena la observaba sorprendido, impacientándose por una reacción que no llegaba. El gesto era de preocupación y nerviosismo, esperaba que ella le mirase para hacerle señas con la cabeza y los ojos, indicándole que debía decir su frase. Entonces, la voz del apuntador hizo su aparición, desde el foso del escenario, donde le repetía: “¿Puedes dudarlo?........... “¿Puedes dudarlo?” El actor que hacía de Laertes, continuó su interpretación con la mayor profesionalidad, como si nada hubiese ocurrido: 

“Por lo que hace al frívolo obsequio de Hamlet, debes considerarle como una mera cortesanía, un hervor de la sangre, una violeta que en la primera juvenil de la naturaleza se adelanta a vivir y no permanece hermosa, no durable: perfume de un momento y nada más”…

Sara continuaba sin decir absolutamente nada, mirada al frente y rostro impenetrable. Desde lo oculto se escuchó de nuevo el susurro del apuntador: “Nada más”……….”Nada más”.

Sara continuaba sin pronunciar palabra, en estado de shock, inerte, inmóvil. Un murmullo que se iba haciendo más creciente se escuchaba desde el público, que no entendía lo que pasaba. Los actores que estaban detrás del telón no se lo creían: 

-Algo ocurre. ¿Qué le pasa?

-Ha debido quedarse en blanco. 

-Sara, reacciona, chica. Estamos todos pendientes de ti. 

Fue en ese momento cuando Sara gesticuló levemente para mostrar una mueca de dolor, la comisura de sus labios se torció bruscamente y lanzó un suspiro terrible. Al momento se llevó las dos manos a su pecho izquierdo y empezó a retorcerse mientras sus piernas se tambaleaban, doblándosele las rodillas poco a poco, hasta que perdió definitivamente el equilibrio y cayó fulminada, derrumbándose sobre el suelo del escenario. 

La conmoción causada por el dramático acontecimiento hizo que algunos espectadores se levantaran corriendo de sus butacas para dirigirse hacia el proscenio y socorrer a la mujer, pero en ese momento cayó bruscamente el telón. Con gran celeridad, Sara había sido llevada a su camerino para ser atendida. Pronunciadas las palabras con las que tranquilizar a los espectadores y tras pedir disculpas por lo ocurrido, dando por concluída la función, se despidió al público y se cerró el recinto. Los trabajadores y actores que se quedaron dentro no daban crédito:

-¡No puede ser, no me digas que ha muerto, es horrible! 

-Yo no me lo creo, ¿pero alguien la ha visto? ¿Quién ha podido hablar con ella? ¿Cómo está?

-A mí me han dicho que está muerta. Murió sobre el escenario, en el acto. Parece que de un ataque al corazón.

-¿Cómo? ¡No puede ser¡ ¡Dios mío! ¡Pobre Sara!

Carlos, que había asistido de público al estreno, no dejaba de expresar un profundo y sentido pesar por la muerte de su ex pareja. Apenas podía contener el llanto. Tuvieron que sujetarlo entre dos personas, porque estuvo a punto de desmayarse del susto. La emoción apenas le hacía tenerse en pié y tuvo que recibir asistencia médica.

Por aquellas casualidades de la vida, el actor protagonista de Hamlet, después de dos meses de representación, cayó enfermo de cáncer teniendo que recibir tratamiento de quimioterapia. Fue sustituído por Carlos, quien acababa de reincorporarse nuevamente a su trabajo tras haber sufrido una fuerte depresión al poco de morir Sara. Carlos era su antítesis, en actitud y en criterio. Ella había sido un torrente de talento y facultades innatas, dejaba casi todo en manos de mágicos golpes de suerte, lo que la había hecho estar unas veces arriba y otras más abajo. Para él, la mayor preocupación artística era demostrar la labor constante y disciplinada. Según su vocación y su credo, esa era la única manera de obtener logros.

Como cada mañana, llegar a las 8:00 y empezar con ejercicios bucales. Nada de excesos, ni tabaco, ni alcohol…bueno, mujeres sí. Tenía fama de mujeriego, algo que sacaba de quicio a Sara, aun después de haberlo dejado los dos. Miró a su alrededor perplejo, era extraño pero en aquel lugar las cosas acababan siempre por perderse y no volver a encontrarlas o verlas aparecer en cualquier otro sitio distinto. Carlos no sabía dónde había ido a parar su guión y estaba furioso. 

-¿Buscas esto? Mira que dejártelo en el cuarto de baño. Nos hacemos mayores, ¿eh?…-Dijo en tono irónico su compañera Carmen, la que hacía de Gertrudis, madre de Hamlet.

-Pero, ¿qué demonios? Yo juraría que estaba aquí…bueno, da igual. 

-¿Qué opinas de tu personaje? ¿Por qué crees que no mata a Claudio en venganza por la muerte de su padre? Lo va postergando y postergando hasta que lo remata una vez herido- sostuvo Carmen.

-Pues no lo sé, la verdad. Creo que la función del actor es indagar en el estudio del perfil psicológico y poder interpretarlo lo más fielmente posible tal y como lo refleja el autor en su obra, no creo que sea un objetivo en sí mismo someter al personaje a especulaciones o sacar hipótesis de por qué hizo esto o aquello- Contestó sécamente carlos, que no podía disimular su antipatía-.

-Bueno, yo tengo una teoría desde el punto de vista del Psicoanálisis, que considero interesante que valoremos. ¿Te interesa?.

-Pues no.

Ignorando la contestación de Carlos, prosiguió: -¿Por qué no mata a Claudio? ¿Tal y como se lo dicen todos los argumentos morales y racionales? No le falta valentía y agallas, no es esa la razón, como tú y yo sabemos…

-¿Ah, si? No me digas.

A pesar de que el fantasma de su padre ha venido a ordenárselo desde la ultratumba, tan solo ejecuta el acto cuando está mortalmente tocado. ¿Qué es lo que lo hace difícil o imposible?. 

-Pues no tengo ni idea.

-Pues yo te lo digo. Según Freud y un pasaje de su libro “La interpretación de los sueños”, nos podemos remitir a la interpretación que hace de él en términos de Edipo. No mata a Claudio porque éste habría realizado el deseo más inconsciente del mismo Hamlet, si lo equiparamos con Edipo: el parricidio y el incesto materno. En consecuencia, atentar contra Claudio, sería atentar contra sí mismo. Edipo actúa sin saber, es inconsciente de sus actos, en cambio Hamlet es conocedor de los hechos y las circunstancias porque se lo revela su padre cuando se le presenta su fantasma y le incita a vengarle. Es más, le hace saber que murió sin haber recibido la extremaunción, que la muerte le sorprendió “en la flor de sus pecados”. Este conocimiento está en la fuente de sus indeterminaciones, para llevar a cabo los designios del padre. El hijo no puede pagar su deuda pero tampoco puede dejar de pagarla. ¿Lo ves?.

-Si, claro. Bueno, he de salir un momento. Si me disculpas tengo que…¡Aggg! ¿Qué ha sido eso? ¡Qué susto! ¿Has escuchado lo mismo que yo?.

-¿El qué?

-Bueno, parecía una respiración fuerte que se ha convertido en gemido. Ha sido muy cerca de nosotros. ¿De veras no lo has oído?- Preguntó carlos.

-Lo que he oído son rumores que ya van circulando por ahí acerca de que hay un fantasma merodeando por el edificio. Verás, no quiero ser desagradable ni causarte dolor, todavía está muy reciente todo, pero…

-¿Qué insinúas? ¡Ni te atrevas a mencionar una cosa así!. Es absurdo y Sara no se lo merece. Le hacemos un flaco favor a su recuerdo. 

¡Pero, Carlos!. Es sabido que la mayoría de los teatros tienen sus fantasmas. Un teatro sin fantasmas es un teatro sin historia.

-¿Pero qué chorradas dices? 

Si me permites que te diga, hay ciertas coincidencias que se han recopilado con respecto a las apariciones de los fantasmas en los teatros…

-Carmen, cállate, por favor, no sigas…

-Los empleados se acostumbran y con el tiempo ven normal que formen parte del lugar. Casi siempre son amigables. Se manifiestan tocando elementos de la escenografía, moviendo cosas o haciendo ruídos. Se sabe que por lo general les gustan las obras de niños y las obras cortas, no les atraen los géneros donde mueren los personajes ya que éstos no pasan a su dimensión. Agitan sorpresivamente las bambalinas, susurran o vociferan por los palcos, no solamente cuando se representa la función, también en otros momentos. Ah, y no se les aparecen nunca a los dueños de los teatros, sino a los operarios, a los vigilantes, funcionarios, taquilleros, actores…

-¡Vale ya, para! ¡Deja de decir estupideces! De verdad, no insistas en el tema y mucho menos te consiento tu tono de cachondeíto, que ya sé por dónde va la cosa. Además, como te dije antes me tengo que ir. Hasta luego. 

Cuando se fue, Carmen se quedó pensativa. “-Vaya, unos cuantos años más joven y éste cae en menos que canta un gallo. Lástima-. 

Mientras se colocaba sobre una de las primeras butacas para repasar el texto, se dio cuenta de que se había sentado encima de las llaves del coche que había perdido hacía dos días. –Mira por dónde aparecen donde menos me lo esperaba. Increíble. Gracias, Sara. ¡No! Es broma, por supuesto-.

Y así fue como el teatro se llenó a rebosar durante todas y cada una de las funciones en que se representó Hamlet, día a día, alcanzando unas cuotas de éxito imprevisibles, la fama de las representaciones se extendió por todo el ámbito nacional, hubo repercusiones en prensa de todo el país, el evento encumbró a Carlos, Carmen y a todos los actores que intervinieron en la obra. En medio de toda esa notoriedad, se dio a conocer la leyenda de que en ese teatro, donde meses antes se había producido una muerte trágica, habían fantasmas pululando en su interior. El mito se fue afianzando cada vez más, en cierta manera fue un hecho secundario que también influyó a la hora de que la gente se acercara a ver las funciones y de que se incrementara la taquilla. Pronto se convirtió en una leyenda urbana muy popular. Porque se corrió la voz de que por allí pasaban cosas que se podían entender como paranormales. Por lo demás, transcurrió poco a poco el tiempo y el tránsito de lo nuevo a lo viejo. Fueron años muy tranquilos, de estabilidad y felicidad absoluta para Carlos. Su vertiginosa carrera había supuesto un espectacular y destacado recorrido por toda la geografía nacional, era considerado un actor de teatro de gran renombre, conocido incluso fuera de nuestras propias fronteras. Y las vueltas que da la vida, se había casado y tenía dos hijos adolescentes. 

Pero tal y como ocurren las cosas buenas, también suceden las malas. Y sucedió que Carlos, en uno de sus viajes de Madrid a Barcelona, donde iba a actuar en una función, tuvo un desgraciado accidente y falleció en la carretera. Murió solo, sin asistencia sanitaria porque su coche volcó sobre una cuneta, de madrugada y no fue visto hasta que pasaron horas. Pero mientras permanecía agonizante, con el volante clavado en el pecho, a punto de realizar su viaje astral hacia el infinito, alguien, un viejo conocido, le tendió una mano y lo arrastró hacia el exterior por la ventanilla del conductor. Era una figura blanquecina que se presentaba ante él radiantemente serena. Su etéreo cuerpo se rodeaba de una aureola de luz muy intensa. Ambos se miraron con profundo amor y esbozaron una sonrisa de placer. La reconoció al instante. No había cambiado nada desde entonces:

-Sara. Mi dulce y preciosa Sara-. 

-Ven conmigo- le dijo ella-. 

-¿A dónde vamos?-, preguntó Carlos, que ya no sentía ningún dolor, sólamente paz. 

–Nos vamos a casa- le contestó.

Desde entonces y para siempre, los dos seres de luz cohabitan unidos por un cordón espiritual en el mismo teatro donde se representó Hamlet, ahora clausurado y sin actividad. Unos dicen que por la leyenda de los fantasmas, otros achacan el cierre a las pérdidas generadas por una mala gestión económica. También dicen que nadie se ha atrevido nunca a pisar el edificio abandonado, ubicado a las afueras de un barrio de Madrid, desde poco después de terminar de representar la obra, ni tampoco a especular financieramente, ni a demoler sus cimientos. Y algunas personas que han pasado por el lugar a altas horas de la noche, cuentan que, en ocasiones, se escucha la música de una zarabanda, género que por cierto, le gustaba especialmente a Sara. Solía escucharlas cuando se concentraba en el estudio de los textos teatrales. Era algo que la relajaba enormemente.



                                               Víctor Manuel - Cómicos
 


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